martes, 20 de noviembre de 2012

Los tres príncipes


A los pies del macizo montañoso del Sahara occidental conocido como Atlante, había una vez un reino que era gobernado por un rey tan sabio como bueno, que se había casado con una joven llamada Hamida, que significa gacela, mereciendo ese nombre por su gracia y fragilidad.

Transcurrido un año de las nupcias, la reina dio a luz trillizos; lo cual llenó de orgullo al padre y de alegría a todos los súbditos del reino. Pero la alegría pronto se mezcló con el luto, por que la reina murió un mes después del alumbramiento.


La responsabilidad que recayó en el nuevo padre resultó abrumadora, no obstante la alegría por la salud y belleza de los tres niños; y no sabiendo qué hacer, reunió a los ministros y consejeros para oír su parecer sobre el problema que ya le preocupaba, pues eran tres príncipes, tres herederos del trono; eran una gran esperanza pero también motivo de temores, ya que en el futuro podían ser causa de muchas tensiones y hasta guerra fratricidas.


Una vez reunidos, todos los convocados por el rey, empezaron a opinar. El ministro más cruel, sugirió poner a los tres recién nacidos al sol ardiente, argumentando que el que sobreviviese, sería el heredero. El rey rechazó esta bárbara idea.


El consejero más estúpido, sugirió que se echara a los tres a la calle; pero el soberano ni siquiera lo escuchó.
Uno más propuso echar a suertes quién sería el heredero; pero esta idea tampoco agradó.
Entonces, el soberano reflexionó y tomó su propia decisión: los tres príncipes vivirían y tendrían la misma educación -dijo- Cuando sean grandes, darán pruebas de su valor, y yo podré elegir al más digno de sentarse en mi trono. ¡El árbol se juzga por sus frutos!


Pasaron veinte años y los tres príncipes, aunque educados del mismo modo, mostraban una evidente diversidad de caracteres. A uno le gustaban los juegos de fuerza y destreza, pudiendo domar un camello en dos horas, despedazar con una sola flecha una caña a cien pasos de distancia, y, en general era fuerte y valiente. El segundo era llamado Ben Huksen, el príncipe sabio, por que le gustaban mucho los estudios, conocía el origen del mundo, el movimiento de los astros y hablaba algunas lenguas. El tercero, en cambio, ignoraba todas esas cosas, pero sabía cantar y tocaba divinamente la guitarra; lo llamaban El Gazil, el príncipe simpático.


Había llegado el momento de ponerlos a prueba. Un día, su padre el rey invitó a los tres príncipes y a los nobles del reino, y les habló así: “Hijos míos, los tres tienen derecho al trono, y no sé a quién elegir. Para salir de esta incertidumbre, los pondré a prueba: les propongo dejar la corte y emprender una obra digna de un rey; yo elegiré a aquél que haya realizado la acción más meritoria, y para ello, les doy una semana de plazo


El príncipe valiente ensilló el caballo de batalla, tomó arco y flechas y su cimitarra (sable curvo que usan los pueblos orientales), y partió desaparenciendo en una nube de polvo. Por su parte, el príncipe sabio tomó pluma y tintero, un paquete de libros, y partió sobre su pacífico pollino blanco. El príncipe simpático, con su guitarra en bandolera, partió tranquilamente a pie y se encaminó siguiendo el curso de un riachuelo. Al impaciente padre, los ocho días le parecieron interminables, por eso acudió alegremente cuando le anunciaron la llegada del príncipe Ben Hard, quien, cubierto de polvo y sangre, habló así: -He caminado tres días hasta los confines del reino, donde me encontré con un pelotón de soldados, que me cerraba el paso. He vencido a todos y sus cabezas cuelgan de la silla de mi caballo. ¿Acaso no soy fuerte como un rey?. -Ciertamente - respondió el soberano. Pero esperemos el regreso de tus hermanos.


No había acabado de hablar cuando entró Ben Huksen. Había estudiado tanto toda la semana, que sus cabellos se habían vuelto blancos. -He estudiado las teorías de los antiguos sabios y de los astrónomos -dijo- . He observado durante tres noches la estrella Ofioco que se unía a Aldebarán, la estrella más pequeña de Tauro. Puedo, pues, prever con certeza la marcha de los huracanes y el régimen de la lluvia para los próximos sesenta años. ¿No es digna de un rey tanta sabiduría? -Cierto -dijo el soberano-. Pero esperemos a tu tercer hermano.


Cuando caía el sol, los cortesanos felicitaban a los dos hermanos, uno de los cuales, pensaban sería el rey. Pero de repente, como traído por la brisa vespertina, se dejó escuchar el canto de El Gazil, acompañado por los acordes de su guitarra. -Ya llega el último contendiente - apuntó el jeque.


El Gazil parecía cansado, pero en su mirada brillaba la acostumbrada alegría. - ¡ Ay de mí ! - exclamó, lanzando un suspiro-. Temo, señor, causarte una desilusión, por que he perdido mi tiempo. Un murmullo de desaprobación dejó escapar la multitud, pero el continúo: - Fui a Beni Unif, a seis kilómetros de tu palacio. Es una pobre aldea, allí me detuve para beber del pozo; pero el pozo no tenía agua. Un ancianito que cuidaba una cabrita, toda piel y huesos, me dio un pozo de leche y me aconsejó marcharme, por que argumentó que no encontraría nada bueno entre aquellas ruinas. Me contó que, el pasado invierno, una tormenta de arena había tapado el pozo. La gente, desanimada, se había dispersado y se había llevado las bestias, y ahora sólo el viento era el señor de aquel lugar. Entonces, comencé a tocar mi guitarra. Los hombres que se habían quedado en las cercanías, vinieron a escuchar mis melodías; he cantado a la nobleza de la vida, a la belleza de estar juntos y ayudarse mutuamente en las dificultades. Se me unieron, primero los jóvenes y, luego, también los ancianos. Destapamos el pozo y brotó de nuevo el agua; levantamos otra vez los muros de las casas y reparamos los techos. Finalmente, cantamos por la alegría recobrada. Es por todo ello que he llegado tarde.


El anciano soberano movió la cabeza pensativo y luego dijo:

Ciertamente parece menos noble excavar un pozo que conocer el movimiento de las estrellas y matar a veinte soldados. Pero yo te digo: Tú serás mi sucesor, por que tú sabes guiar a los hombres y ayudarlos a vivir felices.


Toda la corte aplaudió la sabia sentencia del soberano, y El Gazil llegó a ser el señor del Atlante y gran jefe de los Tuareg-Azjer.

No hay comentarios: