jueves, 25 de octubre de 2012
La Enseñanza y el Aprendizaje
Los años pasaron y el gran maestro, aquel que, con palabras de sabiduría, había iluminado el corazón de sus discípulos envejeció. Las blancas canas cubrían sus sienes, y a pesar de que su caminar aún era firme, su mirada reflejaba claramente el océano de eternidad hacia el cual su cuerpo lenta, pero inexorablemente se disolvía.
-Soy pobre y débil, -dijo un día a sus discípulos, -pero vosotros sois jóvenes: Mi misión ha sido enseñaros. Es deber vuestro, por lo tanto, conseguir el dinero que vuestro anciano maestro necesita para vivir.
-¿Cómo podemos hacer eso? -preguntaron los discípulos-. -Las gentes de esta ciudad son tan poco generosas que sería inútil pedirles ayuda.
-Hijos míos -contestó el maestro-, -existe un modo de conseguir dinero, no pidiéndolo, sino cogiéndolo. No sería pecado para nosotros robar, pues merecemos más que otros el dinero. Pero, ¡ay!, yo soy demasiado viejo y débil para hacerlo.
-Nosotros somos jóvenes -dijeron los discípulos -y podemos hacerlo. No hay nada que no hiciéramos por vos, querido maestro. Decidnos sólo cómo hacerlo y nosotros te obedeceremos.
-Sois jóvenes -dijo el maestro -y es poca cosa para vosotros el apoderaros de la bolsa de algún hombre rico. Así es cómo debéis hacerlo: escoged algún lugar tranquilo donde nadie os vea, y luego agarrad a un transeúnte y coged su dinero, pero no lo lastiméis.
-Vamos inmediatamente, -dijeron todos los discípulos excepto uno, que había estado callado, con la mirada baja. El maestro miró a ese joven discípulo y le dijo: Mis otros discípulos son valientes y están deseosos de ayudarme, pero a ti poco te preocupa el sufrimiento de tu maestro.
-Perdonadme, maestro -contestó-, pero el plan que nos habéis explicado me parece irrealizable; éste es el motivo de mi silencio.
-¿Por qué es irrealizable? -preguntó el maestro. -Porque no existe lugar alguno en el que no haya nadie que nos vea -contestó el discípulo; -incluso cuando estoy solo mi Ser Interior me observa. Antes cogería una escudilla e iría a mendigar que permitir que mi Ser Interior me viera robar.
A estas palabras, el rostro del maestro se iluminó de gozo. Sus ojos brillaron de bienaventuranza infinita y levantándose de su asiento se encaminó hacia su joven discípulo y abriendo sus brazos lo abrazó largamente. Luego poniendo sus manos sobre su cabeza lo bendijo diciéndole: Me doy por dichoso si uno solo de mis discípulos ha comprendido mis palabras.
Sus otros discípulos, viendo que su maestro había querido ponerlos a prueba, bajaron la cabeza avergonzados.
Y, desde aquel día, siempre que una indignidad les venía a la mente, recordaban las palabras de su compañero: Mi Ser Interior me ve.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario